lunes, 23 de enero de 2012

Desde una cascada recoleta del Baztán hasta el amplio estuario de Txingudi, el Bidasoa recorre tierras hidalgas, bosques espléndidos, viejas industrias, y termina con una sorpresa romana.

El Bidasoa es un río modesto, apenas 70 kilómetros, pero con suficiente carácter como para constituir casi un país propio en su estrecho territorio navarro y guipuzcoano. El país del Bidasoa: una comarca fronteriza, mil veces atacada y defendida, unos límites húmedos, sombríos y difusos por los que han merodeado contrabandistas y guerrilleros, en los que se han reunido reyes y embajadores para organizar bodas estratégicas y solidificar fronteras.

Además el Bidasoa habla. Y sin timidez: «Soy un río pequeño, pero con gracia y con más fama que muchos ríos grandes. De mí han hablado Estrabón, Tolomeo y Plinio. En mí hay un poco de la severidad de Navarra, algo de la blandura de Guipúzcoa y de la cortesía de Francia. Recojo las canciones de mis arroyos. Tengo fuentes milagrosas. Paso por valles anchos y soleados, y por cañadas estrechas. Reflejo las faldas verdes de los montes, los palacios y las chozas de las orillas. En invierno mujo como un toro y me lanzo en olas furiosas llenas de espuma; en el verano tengo remansos tranquilos y verdes». Lo dice en el libro La leyenda de Jaun de Alzate, de Pío Baroja, quien se consideraba un poeta aldeano, poeta humilde de un humilde país, el país del Bidasoa. En el mismo libro, un personaje bachiller auguraba para esta tierra una república independiente, sin moscas, frailes ni carabineros.

El río, impasible ante las profecías que no cuajan, sigue excavando su camino. Nace en las laderas del monte navarro Auza, donde los bosques de hayas, robles, castaños y abedules (ahora también pinos y eucaliptos más rentables) enredan la niebla, condensan las gotas y alimentan las primeras regatas. Ese primer arroyo serpentea entre helechales, reuniendo fuerzas para hacer su aparición con un gesto bien teatral: un asalto de doce metros, la cascada de Xorroxin, que se precipita sobre una poza en la que las lamias se repasan la melena con peines de oro. En el resto del viaje será difícil encontrar un paseo tan sugerente como el que va desde Gorostapalo (barrio de Erratzu) hasta ese rincón burbujeante de Xorroxin.

Gorostapoloko auzoa - Barrio de Gorostapolo

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