El río, que en este primer tramo juvenil se llama Baztán, avanza por el valle bebiéndose regatas y más regatas, creciendo con desparpajo, formando pozas caprichosas en Arizkun, hasta que los encauzamientos de Elizondo lo domestican para evitar inundaciones.
Elizondo: junto a la iglesia. Así nació el poblado principal del valle, en torno al primer templo del antiquísimo Señorío de Baztán. En el año 1025, el rey navarro Sancho el Mayor otorgó el vizcondado de Baztán a Semen de Ochoaiz, señor de Lizarra, propietario de los palacios de Jauregizar, Irurita y Amaiur. El valle era un feudo de linajes nobles y señores guerreros, y para contentar a estas familias poderosas los reyes navarros tuvieron que reconocerles la hidalguía colectiva: a partir de 1440, todas las personas nacidas en Baztán eran nobles desde la cuna y, detalle importante, «indemnes de toda pecha et servitud».
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| Casa Hiribarnea de Azpilkueta |
Las guerras banderizas, los pulsos entre reyes y señores y las batallas con otros reinos dejaron en el valle una concentración notable de fortificaciones y casas torre medievales. Más tarde, cuando las familias baztanesas ocuparon puestos de mucho poder en la Corte de los Borbones y en las colonias americanas, las casas solariegas y los palacios brotaron como champiñones. Si sumamos algunos caseríos portentosos, iglesias, monasterios, ferrerías, molinos y puentes, el resultado es un catálogo arquitectónico impresionante desplegado a lo largo de todo el Baztán.
Una de las concentraciones más notables se encuentra en Irurita, en la plaza de la Duquesa de Goyeneche y sus alrededores, que parecen un museo de palacios dieciochescos, torres medievales y mansiones de indianos. En Arraiotz, justo al pie de la carretera, encontraremos la casa torre de Jauregizar, una mole de piedra rematada con elegancia por un cadalso (una estructura de madera en la que se dejaban aberturas para disparar al enemigo) y un curioso palomar con tejadito a cuatro aguas. En el mismo pueblo encontraremos los palacios de Zubiria y Jauregia.


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